La vida es muy bella… Está llena de sonrisas, de sueños y de giros… Uno de esos giros de la vida me trajo un sueño, uno que jamás creí que soñaría. Soñé que la felicidad estaba al alcance de mi mano… y me permití a mi mismo soñar a placer con ello. Soñé con un campo de trigo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, meciéndose suavemente al ritmo de la brisa del fin del verano, como si se tratara del oleaje del mar. Caminando en su interior escuché una voz que me llamaba a la distancia, suave como la caricia del trigo en mi mano. Al seguir la voz, llegue al pie de un árbol, donde se encontraba ella. Hermosa, vibrante, tierna, llena de vida. Con una sonrisa en el rostro me invitaba a probar una manzana del árbol. Era la manzana más deliciosa que jamás había probado, con la mezcla exacta entre dulzura y acidez. Al mirar la copa del árbol pude apreciar mil colores filtrándose entre las hojas, como un caleidoscopio solar, hermoso y resplandeciente. Pero fue por poco tiempo que pude disfrutar el espectáculo, pues al volver la vista hacia ella, ya no estaba. Se ocultaba al otro lado del árbol, aunque aún me permitía ver la mitad de su rostro. La seguí en círculos alrededor del árbol. A veces sonreía, a veces lloraba. Con cada cambio de su rostro, mi corazón daba un vuelco. Al final lograba alcanzarla. Al abrazarme, me pedía con ternura al oído – “No me abandones nunca…” – y una mezcla de emociones se agolpaban en mi pecho, – “Jamás te abandonaré, es una promesa” – era mi respuesta. Permanecíamos abrazados al pie del árbol, mientras nos acariciaba la brisa y nos bañaba la luz multicolor del sol, filtrándose entre las hojas. En ese lugar encontramos nuestras sonrisas. En ese momento fuimos felices.
La vida es muy cruel… Está llena de lágrimas, de pesadillas y de errores… Uno de esos errores en mis decisiones me ha traído una pesadilla, una de la que no encuentro la forma de despertar. Sueño que la tristeza se apodera de mi ser… y por mas que me esfuerzo, no consigo despertar. Sueño que voy en un barco, en medio de un mar rojo, rodeado de toda la gente que es importante para mí. Voy abrazado de ella mientras observamos el horizonte. Ella tiembla, – “Las cosas no están bien” – dice temerosa, – “No tengas miedo, esto pronto pasará y estaremos bien” – le afirmo, abrazándola fuertemente. Repentinamente el mar embravece y el barco es golpeado por una ola, que lo voltea. Al salir a flote la busco, lleno de pavor, entrando y saliendo del mar hasta encontrarla. La ayudo a salir a flote, – “Tengo miedo, no me sueltes” – me pide llorando, – “Tranquila, no te dejaré hundirte” – le digo para calmarla. Alcanzo a pescar un salvavidas, él cual le entrego. Miro a mi alrededor a todos mis seres queridos, pidiendo por ayuda, incapaces de asirse de algo para permanecer a flote. Intento nadar hacia ellos para ayudarlos, sin soltarla a ella – “Quédate a mi lado” – me pide angustiada. Intento llevarla junto a mí, mientras intento ayudar a los demás. Por momento debo soltarla por un instante. Ella llora. Con cada persona que intento ayudar, su llanto se hace más intenso. Pronto se acercan un grupo de botes salvavidas. Poco a poco, todos salen del mar, se encuentran a salvo a bordo de ellos. Al fin me siento tranquilo. Un bote se acerca a nosotros. Un hombre, cuyo rostro no logro identificar, la ayuda a subir, esbozando una terrible sonrisa. Al subir al bote, sus lágrimas se detienen, se convierten en una bruma helada que termina por rodearla. Cuando intento subir al bote, ese hombre extiende su brazo y me impide subir. Lleva un “L” tatuada en él. Ella me mira con frialdad por sobre su hombro – “Finalmente estoy a salvo” – me dice con desdén mientras se abraza con ese hombre, quien sonríe con malicia. Poco a poco el bote se aleja de mí. Intento alcanzarlos nadando, pero no lo consigo. – “¿Qué hay de mí?” – grito a todo pulmón – “No me abandones aquí” – le ruego. El bote desaparece entre las olas. Me quedo solo. No hay un solo bote salvavidas a mi alrededor. Siento como poco a poco la fuerza me va abandonando. Poco a poco me hundo. En ese mar de lágrimas, la tristeza se apodera de mí. Ahí encuentro mi fin.
A partir de aquí, los días de mi vida son distintos. Mis días son tristes, mis tardes vacías y en mis noches ya no hay sueños… pero aquel sueño… al pie de aquel árbol, entre la brisa y el resplandor del sol… el último sueño que tuve en la vida… es el más dulce que jamás he tenido. Ahora, solo queda este mar de lágrimas. Y poco a poco, me hundo más y más en esta pesadilla… de la que no veo la forma de salir.


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